“Cuando volvemos del campus, regresamos cansados, sí, pero también con energía, motivación y sentimiento de equipo”
Cada año, cuando llega el último fin de semana de mayo, hay una cita marcada en rojo en el calendario de Street Soccer. Desde hace ya cinco años dejamos atrás el ritmo acelerado de la ciudad para irnos unos días a la montaña: rodeados de naturaleza, tranquilidad, fútbol y, sobre todo, de personas con ganas de compartir.
Durante cuatro días cambiamos las prisas por los paseos, el ruido por las risas y la rutina por un espacio donde reconectar con los compañeros y compañeras, con la naturaleza y también con uno mismo. El campus se ha convertido en mucho más que una escapada deportiva: es un espacio para construir comunidad, crear vínculos y compartir historias que muchas veces, en el día a día, no encuentran el momento para ser contadas.
Este año, además, el campus ha tenido un significado especial gracias a la participación del equipo femenino. La convivencia entre ambos equipos ha generado nuevos espacios de encuentro, complicidad y cohesión, reforzando aún más el sentimiento de familia que define el proyecto.
Pero si hay algo que caracteriza el campus es que el fútbol es solo una parte de todo lo que sucede allí. Los entrenamientos y partidos conviven con actividades pensadas para fomentar la convivencia, la confianza y el trabajo en equipo. Este año tuvimos la oportunidad de visitar el Volcán del Croscat, una experiencia que nos permitió descubrir el entorno natural que nos acogía y desconectar todavía más del ritmo habitual. También compartimos una tarde muy especial con el equipo de Ventalló, con quienes disputamos un partido y, después, una cena conjunta. Nos recibieron con los brazos abiertos y con una comida espectacular, pero sobre todo con una hospitalidad que nos hizo sentir como en casa. Ese rato compartido representa exactamente lo que es Street Soccer: el fútbol como excusa para conectar personas.
El campus también nos llevó fuera de nuestra zona de confort con actividades como la escalada o la “escalera de cajas”, retos que nos obligaron a confiar en nosotros mismos y en los demás. Y, por supuesto, también hubo mucho fútbol. Los entrenadores y voluntarios prepararon sesiones y dinámicas para que todo el mundo pudiera disfrutar, aprender y sentirse parte del equipo.
Cuando volvemos del campus, regresamos cansados, sí, pero también con algo difícil de explicar: energía, motivación y la sensación de que el proyecto tiene más sentido que nunca. Porque estos cuatro días no solo sirven para jugar al fútbol. Sirven para recordarnos que crear espacios seguros, humanos y compartidos es imprescindible. Que sentirse parte de un grupo puede cambiar muchas cosas. Y que, a veces, alejarse un poco de todo es la mejor manera de volver con más fuerza.

